domingo, 19 de octubre de 2014

IGNÍFUGO



No había quemado un solo libro en mi vida. Soy, o al menos fui, un hombre tranquilo y pacífico. El notario, un hombre decente y discreto, como debían de describirme las vecinas de escalera. Quizás después de lo ocurrido hayan cambiado de opinión. Dirán ante las cámaras que ya sabían que había algo raro en mí, el notario, siempre solo, sorteando cualquier intento de conversación en el rellano, amable pero esquivo. Escuchaba ópera alemana, añadirán, como si aquello revelase una naturaleza cruel y refinada. Por supuesto harán mención de mi último grito antes de que me metieran en el coche patrulla, ¡el mejor final de un libro es arder! Probablemente la policía ya les haya preguntado por mi biblioteca. Ellas habrán explicado que la mujer que limpiaba mi casa les habló una vez de ella, pero que nunca mencionó lo de las urnas. Eso fue porque la despedí antes. Hasta entonces, mi biblioteca sólo había albergado libros, libros únicos y desconocidos que había buscado y reunido durante años. Mi trabajo en la notaría no me dejaba mucho tiempo libre para leer, pero formé esa gigantesca colección con la esperanza de poder disfrutarla algún día, cuando tuviera tiempo.
Maldita la noche.
Por primera vez en veinte años tuve tiempo para recostarme en el sillón y ponerme a leer. Había escogido una novela corta, semiescondida en la esquina de uno de los estantes. Devoré las páginas a gran velocidad, atrapado por la sutil telaraña de intrigas policíacas tejidas en torno al misterioso asesinato de un escritor. Sucedió justo al llegar al final. Después de revelarse la identidad del asesino, al terminar el último párrafo en el que el detective hacía una breve reflexión sobre la pasión y la locura, el libro comenzó a quemarse. Lo solté con un grito. Abierto en el suelo, el libro comenzó a emanar un humo denso y gris que olía a cigarrillos y dejaba un regusto a whisky en la boca. Horror, pesar, fascinación... no recuerdo bien qué sentimiento me invadió mientras lo contemplaba arder hasta consumirse. De él no quedó nada más que ceniza.
Superado el estupor, la realidad cayó sobre mí con todo su peso. No has sido tú, fue lo primero que pensé. Tú no lo has quemado. Se ha prendido él solo. Llama a la policía, sabrán qué hacer. Tú no eres culpable, tiene que haber una explicación…
Pero una parte de mí no estaba asustada. A una parte de mí aquel accidente, crimen o lo que fuera, no le horrorizaba tanto como debiera. Descubrí, sorprendido por la intensidad, el secreto placer que me había producido contemplar la horrible estampa de un libro calcinándose hasta morir, desapareciendo para siempre. Desde niños nos han enseñado que sólo los monstruos queman libros, y sin embargo… aquel libro no era uno más. Era especial, único. Todos los libros de mi colección tenían en común el ser el último ejemplar que quedaba de sus obras originales. Con toda probabilidad, el libro que acababa de leer no volvería a leerse jamás. El último ejemplar había ardido en el suelo de mi estudio. Miré las cenizas y me sentí honrado. Las recogí con sumo cuidado y las guardé en un botecito de cristal en el qué marqué la fecha, la hora, el título y el autor del libro muerto. Después, coloqué el botecito en el lugar de la estantería que le había correspondido en vida. Me pregunté si algo semejante volvería a sucederme. Una parte muy oscura de mí lo deseaba.
            El siguiente libro que se quemó ante mí fue uno de terror, pero no sucedió del mismo modo. Del libro no salió nada de humo, sólo despidió largas llamaradas que tiñeron de luz roja el estudio, dibujando sombras vagamente humanas. También guardé sus cenizas. Recogerlas resultaba tan gratificante como ver el fuego.
Pronto descubrí las diferentes maneras en las que los libros podían quemarse. Las novelas de ciencia ficción despedían un olor a metal fundido mezclado con plástico derretido y chisporroteaban como si sufrieran un cortocircuito; las llamas de las novelas de amor eran cálidas y se podían tocar con suavidad; ningún libro ardía con la furiosa espectacularidad de una novela de aventuras; y sin embargo, nada podía igualarse a la serena muerte de un libro de fantasía, ardiendo letra a letra en una rápida cascada de fuego.
Dejé de ir a trabajar. Ya no lo necesitaba. Dejé de salir al rellano. Temía las preguntas, que se me viera en la cara la barbarie con la que me deleitaba en secreto. Despedí a la mujer que limpiaba la casa. Nadie podía ver nunca en qué se había convertido mi biblioteca. Porque yo soy inocente o, al menos, todavía lo era en aquel momento. Yo no había quemado ninguno de esos libros. Por otro lado, ¿era yo responsable de que éstos ardieran? ¿Era la pasión febril con la que los leía la causa directa de que los libros se consumieran? ¿Era mi culpa? ¿Me sentía culpable? En absoluto. Pero entonces, ¿por qué sentía la obligación de esconder a los ojos del mundo mi nueva biblioteca de urnas, de libros muertos, de trofeos?
            Todo empezó por un libro y otro libro lo echó todo a perder. Nunca podré olvidar el mal presentimiento que tuve al extraer aquella novela del último estante que quedaba con libros. Tuve la sensación de que aquella obra no debía estar ahí, que era una intrusa. Ni siquiera recordaba de dónde la había sacado. El desasosiego creció y creció conforme pasaba las páginas, sin ningún interés por la historia o por los personajes apáticos que habitaban aquella trama deslavazada. Nada del libro me interesaba salvo llegar a la última página y verlo en llamas. El malestar me acompañó durante toda la lectura. Por fin llegué al final. Leí en voz alta la última palabra, la definitiva, su sentencia de muerte y solté el libro. Y no ardió.
            Durante unos minutos esperé desconcertado. Claro, ya entiendo qué pasa. Este libro no es único, no es especial, es un fraude, sin pasión, sin vida, una estafa. Me enfureció pensar que había invertido horas de lectura en una obra mediocre. Una calma fría y pesada me invadió. Ese libro nunca ardería por sí mismo. Merecía arder por otro motivo. Merecía ser destruido. Sin urna para él. Sin nota conmemorativa. Quedaría borrada su existencia de mi sagrada biblioteca. Dejé el libro tirado en el estudio un momento antes de volver con una caja de fósforos. Encendí uno, saboreé la tétrica luz azulada de la llama y lo dejé caer sobre el libro abierto. La cerilla se apagó. Lo volví a intentar. Lo máximo que conseguí fue que las hojas se arrugasen un poco antes de que el fuego se apagara.
            Una furia visceral se adueñó de mí.
            Cogí el libro y lo tiré contra la estantería. Algunos botecitos cayeron, levantando una polvareda de ceniza. Agarré el libro. Comencé a arrancarle las páginas, una por una. El sonido de las hojas al rasgarse se asemejaba a un chillido. De los bordes arrancados comenzó a brotar un líquido transparente, pero eso no me detuvo. Nada lo hizo.
            No sé si fueron mis gritos o los del libro los que alertaron a mis vecinos. Cuando llegó la policía ya era demasiado tarde. Los ojos horrorizados de los agentes pasaron del despojo del libro a mí y de mí a las páginas amontonadas que infructuosamente intentaba encender. A mis espaldas, la inmensa biblioteca de urnas. Supe entonces que no me creerían, que nadie me creería. Yo no había matado a esos libros, ellos habían querido morir por mí.

Irene J. Cisneros Abellán (Zaragoza, 1989). Licenciada en Historia, ha publicado relatos cortos en la Escuela de Escritores y en Relatos para Sallent. Actualmente compagina la tesis doctoral con su pasión por escribir. La ilustración es de Joaquín Barriga Barlo.

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